Hacer un fuego

Jack London


¿Veintitrés grados Celsius bajo cero, solo, en medio de la naturaleza del Yukón, con la posibilidad de sobrevivir o morir al final del viaje? Esa es la historia que Jack London propone en Hacer un fuego (To Build a Fire)

El hombre caminaba solo junto a su perro sobre la nieve. Sabía que debía tener cuidado de no caer en un pozo pues podría congelarse. Tenía una pequeña provisión de fósforos y recordaba el consejo de aquel viejo antes de salir del campamento: “Nunca  arriesgarse en un viaje solitario en semejante clima.”
Había envuelto su comida en una bolsa y la había colocado debajo de sus ropas, contra su estómago, para evitar que se congelara. Sus extremidades estaban entumecidas por el frío. Cada vez que necesitaba sacarse los guantes sus dedos empezaban a congelarse. No había sentido tanto frío anteriormente.
El perro, que caminaba a su lado, estaba inquieto. Descendía de los lobos que corrían salvajes por esos parajes y sabía por instinto que a esas temperaturas todos debían refugiarse alrededor del fuego y evitar salir. Este hombre no parecía saber lo que hacía. Lo seguía aunque con cierta desconfianza. ¿Qué esperaba para hacer un fuego y calentarse cerca?

El hombre miró para uno y otro lado tratando de elegir el camino más seguro. La idea de llegar al próximo campamento, tener comida caliente y refugiarse cerca del fuego lo hacía moverse más rápido. Dio unos pasos y se enterró hasta las rodillas en una corriente de agua que había estado tapada por la nieve. Se levantó y buscó seguro. Se acercó a un árbol y empezó a arrimar ramitas para hacer su fuego. Si podía lograr su fuego secaría sus medias y mocasines y podría seguir viaje. Lo contrario sería…. la muerte por congelamiento.
Cuando había logrado hacer una buena fogata la nieve que se había acumulado en sus ramas cayó. El fuego se extinguió y el hombre quedó perplejo. La posibilidad de morir se le presentó con todas sus fuerzas. Miró a su alrededor y pensó en el perro…
Y todo el tiempo el perro corrió con él. Cuando cayó una segunda vez se sentó frente a él mientras lo miraba con curiosidad. El calor y la seguridad del animal lo enojaron y empezó a maldecirlo hasta que bajó las orejas. Esta vez el temblor le vino más rápidamente. Ese pensamiento lo hice correr un poco más. Solo unos pasos. Fue su ultimo pánico…
Cambió su visión al viejo en Sulphur Creek. Lo podía ver claramente, caliente y confortable, y fumando su pipa.
—Tenías razón, viejo, tenías razón —el hombre murmuró al viejo de Sulphur Creek.
Luego el hombre cayó en lo que parecía el más confortable y satisfactorio sueño que había tenido. El perro se sentó frente a él, esperando. El corto día llegaba a su fin en un largo y lento crepúsculo. No había señales de fuego y además jamás en la experiencia del perro había conocido a un hombre que se sentara como éste y no hiciera fuego. El deseo por el fuego lo acicateó y levantando sus patas, aullando suavemente. Bajó sus orejas anticipando el reto del hombre. Pero el hombre se mantuvo en silencio. Más tarde el perro aulló más fuerte. Aún más tarde se arrastró hasta el hombre y advirtió el aliento de la muerte. Esto hizo que el perro se alertara y saltara hacia atrás. Un poco después aulló bajó las estrellas que bailaban en el cielo frio. Luego se volvió y trotó por la senda en dirección al campamento que conocía, donde estaban los otros proveedores de fuego y comida…  (Párrafos de Hacer un fuego, de Jack London)

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